Lo primero que me empujó a escribir Puente fue el tratamiento que la prensa generalista y de masas estaba dando a la gente de mi generación, los amargamente denominados millennials.

Lo que yo leía es que éramos personas vagas, insatisfechas porque nos encantaba quejarnos, blandos y caprichosos, y no podía dar crédito a tal generalización (como si fuéramos algo que se pudiera etiquetar como un “todo”) porque estaba rodeada de personas de esa generación que tenían trabajos precarios y alquileres altísimos que pagar, y que luchaban por sobrevivir como podían. Yo entonces vivía en Madrid y la capital me parecía caldo de cultivo de historias de jóvenes precarios que no eran respetados como se merecían. Me entristecía y enfadaba mucho no dejar de leer esa clase de artículos (hubo una temporada que se generalizaron mucho), y quise arrojar otro punto de vista.

También mi propia situación personal, puesto que llevaba un tiempo queriendo escribir pero sin encontrar el momento adecuado para ello, y eso me producía mucha frustración.

Tenía muchas cosas que quería vomitar, y mezclándolo todo empecé a gestar el germen de Puente.

¿Podrías contarnos una experiencia personal sufrida como millennial?

Un ejemplo es la situación que viví con mi primer contrato laboral: me contrataron por el salario mínimo, conviviendo con compañeros que tenían menos formación e incluso rendían menos que yo, pero que cobraban hasta seis veces más.

No es precisamente un ejemplo de que se nos trate injustamente por ser millennials, pero sí por pertenecer a una generación que se ha topado con unas condiciones laborales empobrecidas, y en ocasiones amparadas por nuevas reformas legislativas (en el caso de España).

Ahora te exigen muchísimo (idiomas, posgrados, experiencia laboral… en muchas ocasiones para tapar las carencias de trabajadores que llevan allí muchos años) y te ofrecen un sueldo que en algunas ciudades, como Madrid o Barcelona, te impiden crear un futuro porque sencillamente no puedes ahorrar, si estás emancipado.

¿Qué mensaje quieres transmitirnos con Puente?

La verdad es que a pesar de su origen, no tenía ninguna pretensión muy concreta.

Quería acercar a los lectores cinco experiencias vitales de jóvenes que podrían ser cualquier persona que tengamos cerca. Quería escribir sobre lo necesario de los cambios y sobre cómo a veces una rutina que no nos gusta nos hunde en un estatismo del que es muy difícil salir porque nos quedamos allí por voluntad propia.

Quería hablar, también, de que al final de todo las relaciones personales nos pueden salvar y dar aliento, aunque haya momentos en los que no las cuidamos lo que deberíamos porque damos importancia a otras cosas.

¿De qué manera te ha inspirado tu propia obra?

Me inspiró y me empoderó para aplicar cambios en mi vida. Dejé el trabajo que mencionaba antes, que me causaba desde hacía muchos meses infelicidad y ansiedad porque era un ambiente muy tóxico. Me matriculé en un máster público y oficial que me permitiera emplear mi derecho a beca que gané con mi media académica y me matriculé en un máster de investigación en estudios artísticos, literarios y de la cultura.

Este máster me aportó experiencias muy bonitas, y me sirvió de transición para aceptar lo que de verdad me pedía el cuerpo: dejar Madrid, volver a Zaragoza y disfrutar de un tiempo de tranquilidad.

Mudarme a Zaragoza me ha dado gran parte de la estabilidad que vivir en Madrid no me permitía.

¿La historia de qué personaje te ha costado más retratar?

Puede que la de Alberto, porque es un ser misterioso y muy hermético, y plasmar esto sin parecer vaga o poco concisa me resultó difícil. Al fin y al cabo, al no tratarse de una narración omnisciente, los lectores solo conocen lo que Mónica conoce, y Alberto nunca habla abiertamente de sí mismo, ni con ella ni con el resto.

Deja caer cosas, pide ayuda como puede… Pero nunca se abre como sí lo hacen Pablo, Aitana, Mónica y Marta, cada uno con su trama correspondiente.

¿Qué personaje te gustaría que fuese real?

¡Buf, es muy difícil! Creo que me gustaría que todos lo fueran, sobre todo para poder tenerlos a mano y tomarme un café con ellos de vez en cuando.

Esto suena un poco loco, pero creo que Puente es una novela muy de personajes, y pasé tantas horas desarrollándolos y viéndolos crecer y avanzar que cuando la terminé sentí un vacío enorme, como cuando te despides de alguien al que sabes que no vas a ver en mucho tiempo.

¿Con qué personaje sientes más afinidad?

Supongo que con Mónica, porque el uso de la primera persona para narrar la historia, al fin y al cabo, hace mella y creo que provoca que el autor ponga mucho más de sí mismo en ese personaje.

Además, en ella proyecté mi situación personal y laboral, también algo confusa. Mónica aprende y crece mucho a lo largo de toda la novela, y yo también aprendí y crecí mucho escribiendo Puente y editándola tiempo después.

¿Y menos?

Creo que con Pablo, porque lo creé para que viniera de un mundo diferente al de los otros cuatro personajes.

Pablo viene de una familia con mucho dinero, es una persona que nunca se ha tenido que preocupar de nada y que trabaja en la empresa familiar… A pesar de todo, creo que es un personaje que entraña mucha ternura, es un ser bueno y quiere muchísimo a Marta. Pero precisamente por pertenecer a un mundo que yo desconozco es con quien tengo menos afinidad, ¡aunque lo quiero igual que al resto!

¿Qué es lo que más amas de Puente?

Las partes que más amor me despertaron fueron todas esas en las que Mónica, la protagonista, va viendo haces de luz y consigue sentirse bien consigo misma.

A la vez que ella se sentía en calma por fin (aunque fuera solamente por un momento), yo misma también respiraba tranquila por darle ese instante de respiro a un personaje que atraviesa mucha confusión e inseguridad respecto a su propia vida.

También uno de los últimos momentos en los que están los cinco personajes juntos, y simplemente se sienten felices a pesar de todo.

¿Y lo que más odias?

A la vez, la parte que más odié fue tener que echarle piedras a la mochila de Mónica para que su trama funcionara y pudiera evolucionar. Aun así me parece un poco fuerte decir que odié alguna parte, me gusta pensar que me gustaron todas en mayor o menor medida.

¿Qué sientes cuando lees una reseña?

La verdad es que es algo muy, muy emocionante. Recorro las palabras de la reseña entre sobrecogida y curiosa, y sea como sea siento un orgullo inmenso por haber motivado que alguien emplee su tiempo en leer y en dejar por escrito sus impresiones. La verdad es que me parece una de las partes más bonitas después de la publicación.

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