Los terrores infantiles, como reflejo de la inventiva incólume, son los más apasionados que existen. Tan hondo es su eco, tan profundas, laberínticas y firmes sus raíces, que, aunque hoy, como adultos -como criaturas medrosas-, creamos haberlos extraviado en algún punto indeterminado del camino vital o ni siquiera nos acordemos de que cierta vez constituyeron el eje de todo nuestro pensamiento, son capaces de sobrevivir al olvido, que es la más letal de las guillotinas.

Lo que pueda contaros, Manu Ibáñez.

¿Cómo se relacionan el amor, la sensualidad y la muerte?

El de la muerte es obviamente un enigma irresoluble y, por ende, apasionante. Desde luego, no concibo que mi noción de mí mismo, de mi ‘yo’, tenga un final más allá de que el cuerpo deje de funcionar. No me entra en la cabeza. Por otro lado, la vida existe, o nuestro concepto de la vida es el que es, porque existe la muerte, y el amor y la sensualidad son dos maneras de definir la línea que separa una cosa de la otra, o al menos de reafirmarnos en que estamos vivos. El amor como método paciente y la sensualidad como la puerta abierta al desenfreno.

¿Qué personaje se ha quedado más profundamente en tu interior?

Giacomo Verolo. Es el protagonista-narrador del relato que abre el libro. Hay una escena de ‘La muerte tenía un precio’, la segunda de la trilogía del dólar de Sergio Leone, en la que el personaje del Indio, al que da vida Gian María Volonté, recuerda cuando asesinó al amante de una mujer de la que estaba enamorado y, justo después, cuando está en la cama con ella, la mujer se quita la vida de un tiro. De ella le queda sólo un reloj musical de bolsillo con su foto. Cada vez que lo abre, entra en trance y recuerda lo que hizo.


Ese es el gran terror que persigue al Indio, que es, por otro lado, seguramente el personaje más enigmático y más complejo de la trilogía. Pero a la mayoría de la gente, si le preguntas sobre la película, te saben nombrar a Eastwood, Leone y Morricone, no a Volonté, aunque sí al Indio. Es uno de esos casos en los que el personaje se come al actor, y de esa idea parte el relato.

¿Cuáles son tus inspiraciones?

Más allá de las influencias literarias, en cuanto a temas y a estilo, seguramente la mayor inspiración la encuentra uno en el día a día.

¿Qué mensaje une a todos los relatos?

En principio los relatos no están unidos de forma expresa. Son textos que escribí sin pensar que un día los iba a reunir en un libro, pero es cierto comparten, creo, cierto tono desesperanzador, no sé si incluso casi elegíaco en ocasiones, y una atmósfera oscura. En el introito explico que publicar el libro fue para mí una suerte de terapia para comprender mejor mis propios miedos, muchos de los cuales surgieron siendo yo niño, y ahí siguen, aunque escondidos o adoptando otra forma. El miedo al olvido, a la naturaleza efímera de las cosas, es el que más reconozco.

¿Qué relato te ha costado más definir?

Creo que ‘Beatriz’. Es uno de mis preferidos y quizás el que más revisiones tiene. Trato de jugar con saltos de tiempo de forma algo difusa para reflejar el cacao mental del protagonista y siempre tengo la duda de si lo hice bien o no.

¿En qué manera te ha inspirado tu obra?

Más que inspirarme, como he dicho antes, me sirvió de terapia. Escribir para mí, en gran parte, es eso, una terapia. Es como sumergirme en mí mismo, y esa manera de estar yo dentro de mí me ayuda a encontrar la calma. Además, cuando vuelvo a los textos que escribí hace un tiempo recuerdo, de algún modo, parte de cómo era yo entonces, lo cual también me reconforta.

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